martes, 17 de septiembre de 2013

Suspiros de vida

Todos tenemos buenos y malos recuerdos. Algunos nos producen alegría al ser recordados; otros en cambio nos producen tristeza o vergüenza, y nos gustaría olvidarlos. A menudo nos arrepentimos de haber hecho esto o aquello, de no haber tomado la decisión correcta, y nos atormentamos por ello, a veces durante mucho tiempo.Sin embargo, cuando lleguéis a cierta edad descubriréis que en realidad la vida consiste en eso: cometer errores y aprender de ellos. Si nunca nos equivocáramos, no tendríamos experiencia. Errar es humano, y rectificar de sabios. Nadie nos puede enseñar a no caer, porque eso no se puede evitar: es parte de vivir, una parte muy importante. Porque por cada vez que caigamos y nos levantemos seremos un poco más fuertes, y llegará el día en que, si bien no dejemos de equivocarnos, porque eso es algo que seguiremos haciendo hasta el día de nuestra muerte, nos levantaremos con relativa rapidez. Por tanto, equivocarse no es un error: el error sería arrepentirse de ello. Esa forma de pensar sólo la da el tiempo. 

El tiempo, repito. Es lo más valioso que tenemos, porque una vez que se acaba no podemos recuperarlo. Su paso es cruel e inexorable. Es curioso; nos pasamos media vida preocupándonos por el tiempo. Para nosotros siempre pasa a una velocidad exasperante. Vivimos estresados, ahogados en rutina y monotonía, continuamente corriendo, siempre con prisa, sin detenernos a reflexionar un solo instante en cuáles son nuestras verdaderas razones para seguir adelante. Al día siguiente nos levantamos desorientados, y cuando miramos el reloj nos damos cuenta de que el tiempo se nos ha escapado de entre las manos sin que lo hayamos notado. Cuesta mucho aceptar esto. Cuesta aceptar que esa juventud ya nunca volverá. 

Entonces echamos la vista atrás, y nos preguntamos apesadumbrados para qué ha servido tanto esfuerzo, qué hemos logrado en la vida. Casi siempre nos decepcionamos pensando que no hemos cumplido ninguna de las metas que un día nos pusimos. Eso nos lleva a formular la gran pregunta que más tarde o temprano nos acabamos haciendo y que tanto nos atormenta: ¿Cuál ha sido nuestro motivo para vivir? Rápidamente se nos ocurren multitud de posibles respuestas: para algunos su familia, para otros su trabajo, o, incluso, el amor. Antes estas simples conclusiones solemos contentarnos. 

Sin embargo, yo hace ya tiempo que atravesé esa etapa. Para mí ahora el tiempo transcurre de un modo distinto. Me siento invadido por una extraña paz. No sé cuánto me queda, pero lo que sí sé es que cuando llegue mi momento podré irme con la conciencia tranquila.

No hay comentarios:

Publicar un comentario