jueves, 25 de junio de 2015

Primero

Apenas despegamos hace cinco minutos y creo que ya empiezo a marearme. No es la
primera vez que vuelo, claro, pero no me acabo de acostumbrar a esa extraña sensación. Tengo
los oídos completamente taponados y la cabeza me da vueltas.

Suspiro e inspiro varias veces muy despacio, intentado tranquilizarme. Supongo que
debería estar contenta, pero no estoy tan convencida ahora. Semanas atrás pensaba en este
momento totalmente segura de que sería lo correcto, pero cuando llegué a la puerta de
embarque me asaltaron de golpe todas las dudas. ¿De verdad aquello era lo que quería? Pero
bueno, ya no importa. Lo he hecho, ¿no? Estoy aquí, y no sirve de nada lamentarse. Ya no hay
vuelta atrás.

Me quedo un poco impresionada ante este pensamiento, asimilando por primera vez el
alcance de la situación. Mi cabeza es un caos absoluto. En los últimos días todo se ha
precipitado de forma muy confusa.

Me llamo Ana y tengo 19 años. Hasta hace muy poco mi vida era como la de cualquier
universitaria normal. Ahora estoy en un avión con rumbo a Italia.

Lo repito una y otra vez, hasta que deja de tener sentido. En realidad, nada lo tiene.

Una azafata se acerca con un carrito lleno de comida, pero tengo el estómago revuelto
y no entiendo nada. Sacudo la cabeza negativamente y cierro los ojos, apoyándome en el
respaldo del asiento.



Me despierta la voz del comandante indicando que estamos a punto de aterrizar.

Bostezo y me froto el cuello dolorido, mientras la cabina se queda a oscuras. A través de la
ventanilla se ve como el avión inicia lentamente el descenso, introduciéndose en un mar de
nubes pálidas, para finalmente dejarlas atrás. El cielo está despejado, y a lo lejos asoma la luna,
bañada por la luz dorada del crepúsculo.

La belleza del espectáculo es realmente impresionante, y durante unos segundos
contengo el aliento. Roma se abre ante mis ojos. Los edificios, minúsculos en un principio,
aumentan poco a poco de tamaño, y las luces de la ciudad empiezan a encenderse. Por fin he
llegado.



Media hora más tarde estoy apretujada en un autobús repleto de gente. No me gustan
los espacios reducidos, y hace demasiado calor aquí dentro. Saco el móvil de la cazadora y lo
enciendo. Nada. Siento alivio y decepción a la vez. Supongo que debo empezar a
acostumbrarme.

A mi derecha, un hombre rubio conversa animadamente con una mujer, haciendo
grandes aspavientos con las manos. Creo que habla en inglés, pero no estoy muy segura.
Nunca he sido buena en los idiomas. Enfrente, un grupo de adolescentes japoneses hace
mucho ruido, gritando y empujándose unos a otros. 

Por primera vez en mucho tiempo me siento realmente sola.



El aire frío de la noche me golpea en la cara al salir de Termini. Abandono la multitud
de viajeros que atestan la estación y cruzo la calle. Las ruedas de la pequeña maleta resuenan
contra el pavimento.

Intento decidir cuál va a ser mi próximo paso. No sé por qué, nunca dedicaba mucho
tiempo a pensar en esta parte, pero ahora me doy cuenta de mi estupidez.

Un cartel azul me llama la atención. Pop Inn Hostel, está escrito con letras amarillas
sobre un pequeño portal. Sólo dudo unos segundos. Necesito un lugar donde pasar la noche, y
este parece uno tan bueno como cualquier otro.

Me acerco al mostrador de madera empotrado en la pared, detrás del cual un hombre
lee el periódico con gesto aburrido. Al oírme entrar levanta la vista y esboza una sonrisa
forzada.

Buonasera signora. Vuole una camera?

—Eh, sí, buenas noches... —respondo, sin tener la menor idea de lo que me acaba de
decir—. Verá querría una habitación, en principio, para una sola noche.

Spagnola? Stupendo! Tenemos muchas habitaciones libres. ¿Había pensado en algo
en concreto?

—No, no, bueno, una que sea barata.

Ma questo è l’Italia. Aquí todo es más caro. Por 55 euros tiene una habitación con
baño y vistas excelentes a la via Marsala.

Al oír el precio me quedo helada. Me he gastado todos mis ahorros en el billete de
avión, y ahora apenas me quedan 200 euros.

— ¿55 euros? No puedo pagar eso.

—De acuerdo, le diré una cosa. Me ha caído bien y voy a hacer una excepción. Puedo
ofrecerle una noche por 30 euros, y le aseguro que no encontrará una oferta así en ningún otro
sitio.

Dudo. No puedo gastarme esa cantidad en una sola noche. Necesito comer.

— ¿Es su última palabra?

—Me temo que sí.

—Entonces lo siento mucho pero no puedo aceptar.

—Oh, es una lástima —dice el hombre, que parece ligeramente decepcionado. Es obvio
que no debe de tener muchos clientes—. Arrivederci.

Asiento educadamente y doy media vuelta, volviéndome a sumergir en la oscuridad de
la noche.



—¡Papá! —grita el niño sonriendo antes de echarse en sus brazos.

A pesar de su aspecto rudo, el hombre apenas puede contener las lágrimas mientras
abraza al pequeño con fuerza y le revuelve el cabello rubio con una mano.

—Así que al final has venido.

Mira por encima del hombro del niño directamente a los ojos de la mujer, y durante un
instante cree vislumbrar un mal disimulado gesto de sorpresa. Sólo es un instante, porque
rápidamente se rehace y su rostro vuelve a adoptar una expresión neutra.

—Bueno, ¿no pensarías qué iba a dejar que os fuerais sin ni siquiera despedirme, no?
—dice sonriendo forzadamente.

Asiente ella despacio, pensativa. Al fin y al cabo, trece años de matrimonio y un hijo en
común merecen eso al menos.

Padre e hijo se separan. De repente, el hombre siente cómo le invade una extraña
sensación de incomodidad y desvía la mirada, aparentemente muy interesado en el gran reloj
que cuelga de la pared de enfrente.

—Anda Dani, ve un momento a sentarte, que tengo que hablar con tu padre.

El niño, aún sonriendo, se aleja correteando torpemente y sube a un asiento. El
hombre lo sigue con la mirada distraídamente. Vuelve a mirar a la mujer, y no puede evitar una
punzada de culpabilidad. Recuerda su última conversación y la sensación de malestar aumenta.
La verdad es que está preciosa.

—Paula... —empieza sin saber muy bien qué decir. En las últimas semanas las cosas se
han precipitado sin que haya podido hacer nada por evitarlo. Lo cierto es que nunca pensó que
algo así pudiera suceder. ¿Qué ha sido de la pasión de la juventud, de aquellos años donde todo
parecía posible? Sus ojos ya no reflejan nada de todo aquello. Entonces, por primera vez en
mucho tiempo, siente que la mujer que tiene delante es una completa desconocida.

Ella parece darse cuenta del fuerte conflicto que se está librando en su interior y sonríe
tristemente. Un gesto que refleja perfectamente lo que ambos saben, lo que en el fondo llevan
mucho tiempo sabiendo. Ya no somos los de antes, Mario. Todo ha cambiado. Sin embargo, en
ese momento por primera vez es realmente consciente de que Paula estaba a punto de salir de
su vida, tal vez para siempre, y que va a llevarse a su hijo con ella. Este pensamiento le forma
un nudo en la boca del estómago. El miedo a la pérdida aparece por primera vez, como si hasta
ese momento hubiera pensado que Paula no va en serio, que en realidad no tiene la menor
intención de irse, y en el último momento se echará atrás, lo arreglarán y todo volverá a la normalidad. Sin embargo, llegado este punto tan cerca del final, con todas las cartas encima de
la mesa, y viendo que su intención sigue siendo completamente firme, empieza a asimilar la
cruda realidad.

—Por favor, no puedes irte... Piensa en nuestro hijo, piensa en Dani. Él me necesita,
necesita un padre…

—No me puedo creer que metas a Dani en todo esto. ¿Cómo tienes la poca vergüenza
de venir ahora y decir…? Por Dios, mírate. Eres un desconocido para él, Mario. Nunca estás en
casa cuando te necesita… cuando te necesitamos…

El hombre es presa de la más absoluta desesperación.

—Pero escucha, cariño…

—Ya es demasiado tarde para eso, Mario —de repente parece haber envejecido
muchos años, y su voz suena distante, cansada—. Estoy harta de tus falsas promesas, no puedo
seguir engañándome. Nada va a cambiar y tú lo sabes. Te quiero, pero yo también tengo
derecho a ser feliz. Tu hijo tiene derecho a ser feliz.

La mira fijamente, buscando en sus ojos el más mínimo resquicio de duda, algo que
traicione a frías sus palabras, pero no lo encuentra. Entonces comprende muchas cosas: que ya
ha tomado esa decisión y que nada ni nadie le hará cambiar de idea. También sabe que si coge
ese avión nunca más volverá a verles. Sin embargo, esta reflexión, en vez de alterarle más, en
cierto modo le tranquiliza. Se acabó. Así que esto es todo. Éste es el final. Tantos años para
acabar así.

Ya no dice nada más. Ni siquiera intenta detenerla. Simplemente se queda allí de pie
como un idiota, paralizado, 

—Última llamada para los pasajeros del vuelo con destino a Nueva York, embarquen
por la puerta seis por favor.

—Supongo que es un adiós. Te deseo lo mejor, Mario —agarra la pequeña maleta y
suspira—. Si te sirve de consuelo, lo lamento.

Dicho esto da media vuelta, coge al niño que aguarda sentado entre sus brazos y se
pierde entre la multitud de gente que se agolpa frente a la puerta de embarque. Todo sucede
muy rápido. Mario no se mueve. Apenas ha escuchado sus últimas palabras. La voz del
megáfono aún sigue resonando en sus oídos.



—Pare aquí.

El conductor frena en seco, haciendo caso omiso de los chirridos de protesta que
emiten las ruedas. Le alargo un billete de diez euros y bajo del taxi.

Esta zona de la ciudad está en completo silencio, sólo brevemente interrumpido por el
rugido del motor, que poco a poco se pierde a lo lejos y vuelve a dejar la noche en calma.

Suspiro y me siento sobre la maleta. Las cosas no están saliendo como lo había
planeado. No sé dónde estoy, y hace demasiado frío para pasar la noche deambulando por las
calles. Siempre pensé que lo más difícil sería llegar hasta aquí. Ahora me doy cuenta de mi
error.

Por otro lado, empiezo a arrepentirme de no haber cogido esa habitación. Al fin y al cabo el taxi me ha costado más de lo que esperaba, y empiezo a dudar que venir hasta aquí haya sido una buena idea.

Levanto la vista. Me ha parecido ver algo moviéndose entre las sombras de la esquina.
Ya sólo falta que me atraquen. Me pongo en pie rápidamente y agarro la maleta con la vista
clavada en la esquina, dispuesta a salir corriendo a la primera señal de peligro. Pasa un minuto.
Nada. Tal vez me lo haya imaginado.

De todas formas, prefiero asegurarme. Me giro para alejarme de allí lo más deprisa
posible y prácticamente choco con una figura que me cierra el paso.

— ¿Pero qué…?

Apenas tengo tiempo de reaccionar. El hombre me empuja y, cogida por la sorpresa,
caigo al suelo pesadamente. Dejo escapar una maldición e intento levantarme, pero una
segunda figura aparece a mi espalda y me inmoviliza contra el pavimento.

El primer hombre farfulla algo en italiano y empieza a forzar la cerradura de la maleta,
mientras el que me sujeta rebusca en los bolsillos de mi chaqueta. Echo la cabeza hacia atrás
intentando golpearle en la nariz, pero fallo y me da un puñetazo en el estómago, dejándome
momentáneamente sin respiración.

Finalmente encuentra lo que busca y se incorpora. Da un grito a su compañero y
ambos huyen calle abajo. No intento perseguirlos. Ni siquiera me pongo en pie. Me limito a
quedarme tirada en el suelo, derrotada.

sábado, 2 de mayo de 2015

~Sin título~


Un millar de palabras asomaban a sus labios, pero un muro de recuerdos parecía haberse alzado entre ellos. 

Entonces sus miradas se encontraron, y hasta el mismo tiempo contuvo el aliento. Y en ese instante ambos supieron que pasarían el resto de sus vidas intentando volver a sentir esa descarga eléctrica, esa sensación en la boca del estómago de flotar sobre el borde de un abismo, ese Big Bang cósmico que hiciera estremecer hasta el último rincón de sus almas. También comprendieron que nunca lo lograrían.



---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Últimamente he dejado un poco de lado esto de la escritura, pero creo que voy a empezar a darle vidilla al blog. Venga, a la tercera va la vencida.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Combate al amanecer

Puf, hace mil años que no entraba aquí. Y eso que prometí volver a publicar, pero ya veis. Últimamente prefiero guardarme las cosas para mí. Pero hoy he escrito una cosa y no sé; me ha dado por abrir otra entrada. Así que nada, allá va.

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Los primeros rayos del alba asoman tras las montañas que se perfilan en el horizonte. Huellas en la arena. Una cala apartada.

El viejo capitán observa a su oponente, sopesándolo. Sonríe. Demasiado confiado. Joven, arrogante. Seguro de sí mismo. Siente lástima por él. Muy pronto se dará cuenta de su error.

Desenfunda su espada con un gesto pausado, casi perezoso. El otro hace lo propio, y lentamente empiezan a avanzar, acortando la distancia que les separa. Cuando apenas se encuentran a un par de metros el capitán cierra los ojos. Durante un instante siente la tentación de permanecer así a la espera de una estocada que ponga fin a su sufrimiento. Entonces la recuerda. Y la tentación crece. Pero en el fondo sabe que no puede hacerlo. Siempre ha sido un cobarde.

Abre los ojos en el preciso momento en que su rival se abalanza sobre él. Un rápido movimiento hace que el acero que iba dirigido a su pecho se quede corto y acuchille el aire. El otro queda con la guardia descubierta momentáneamente, sorprendido ante los reflejos del viejo, y éste aprovecha esa indecisión para lanzar una estocada cruzada. La sangre empieza a brotar abundantemente de su brazo derecho. Suelta un grito de rabia al ver su camisa manchada y acomete con una serie de movimientos que obligan al capitán a retroceder.

Los aceros chocan con violencia y eclipsan el sonido de las olas. Se mueve con agilidad, intentado frenar el ímpetu de su rival, a la espera del momento para pasar al ataque. Esa estocada debería haberle inutilizado el brazo, pero el otro no muestra el menor signo de debilidad.

Bloquea como puede los golpes de su oponente, y lanza un par de estocadas laterales que le conceden unos instantes de descanso. Intenta idear una estrategia, pues sabe el tiempo juega en su contra, pero enseguida se reanuda la lucha, y decide limitarse a esperar.

El combate entra en su clímax. Ahora ambos contendientes se baten poniendo su alma en cada golpe. Si alguien apareciera en la playa creería ver a dos demonios enloquecidos luchando por su salvación eterna.

La espada empieza a pesarle demasiado. No logra encontrar una fisura en la defensa de su rival. El combate se está alargando más de lo debido, y sabe que está a punto de quedarse sin fuerzas.

Entonces lo ve. No está seguro, pero se siente acorralado. Hace acoplo de sus últimas fuerzas y golpea la hoja de su oponente intentando desarmarle. Sin detenerse a comprobar el efecto conseguido, estira el brazo apuntando al pecho descubierto. Pero la punta no llega a clavarse.

Una extraña sensación le recorre el cuerpo. Baja la vista, sorprendido, y ve como el acero sale limpiamente de su carne. Siente cómo lentamente empieza a vaciarse. Suelta su espada y se lleva las manos a la tripa, en un inútil intento de contener la hemorragia.


El rostro de su rival dibuja una sonrisa de triunfo. No arrogante, esta vez. Se diría que casi de respeto. El capitán entonces comprende que tal vez no debería haber subestimado con tanta ligereza a aquel muchacho, en el que, ahora lo sabe, se ve a sí mismo reflejado. Y, mientras cae de rodillas sobre la orilla, no siente odio o tristeza. Sólo la amarga satisfacción de que, al fin, se haya cumplido su deseo.

sábado, 1 de febrero de 2014

Capítulo 1

Hace mucho tiempo que no escribo en este blog. Lo cierto es que, tras la ilusión inicial, había pensado abandonarlo. Sin embargo, lo he estado pensando y finalmente he decidido retomarlo. Poco a poco iré publicando algunas cosas. Esto lo empecé a escribir a finales de verano.

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Los primeros vestigios del invierno se presentaron en forma de ráfagas de viento que azotaban como látigos las copas de los árboles cercanos. Raúl se subió la cremallera de su desgastada cazadora hasta la barbilla y se apresuró a meter las manos en los bolsillos mientras maldecía entre dientes.

El cielo gris nuboso reflejaba a la perfección su estado de ánimo, y aquello le hizo sentirse tristemente reconfortado. Caminaba lentamente, recorriendo el camino de gravilla que crujía bajo sus pies. Lo hacía de forma casi inconsciente, con la familiaridad y costumbre de un autómata que memoriza la cantidad de pasos necesaria y los ejecuta sin pensar. Lo cierto era que bien podría haberlo hecho con los ojos cerrados. En los últimos meses había pasado más tiempo allí que en ningún otro sitio. Conocía aquel lugar a la perfección, con una exactitud casi calculadora.

Llegó a la explanada del lago y contempló el paisaje. En otra época del año, aquella zona habría estado llena de gente paseando, tomando algo en las terracitas o navegando por el lago en pequeñas barcas de madera. Sin embargo, con el frío que hacía pocos eran los que se atrevían a salir de casa. Se alegró de ello. Cuando iba allí normalmente le apetecía estar solo.

Enseguida visualizó su objetivo: un viejo banco un poco apartado, situado unos cuantos metros a la derecha, al lado de un gran pino. Se acercó con el mismo extraño alivio de siempre y se dejó caer sobre él. Desde que iba a aquel lugar temía que un día el ayuntamiento decidiera quitar aquel banco y sustituirlo por uno nuevo. Si eso pasaba se sentiría terriblemente apenado. Le habría dado un poco de vergüenza admitirlo, pero aquel banco era especial para él. Allí se escapa cuando quería aislarse del mundo, y se desahogaba escribiendo en una pequeña libreta que llevaba consigo a todas partes.

Sin embargo, aquel día no había ido allí a escribir. Sacó de la cazadora un teléfono móvil y desenrolló con cuidado y algo de torpeza los auriculares. Se los puso en los oídos, entumecidos a causa del frío, y seleccionó la reproducción aleatoria. Inmediatamente el silbido del viento fue sustituido por una lenta melodía. Apoyó la cabeza en el respaldo del banco y cerró los ojos…


Cuando despertó no supo a ciencia exacta cuánto tiempo había pasado, pero el cielo estaba más oscuro y hacía mucho más frío. Le dolía el cuello y tenía el cuerpo tan congelado que no lo sentía. Tiritaba de frío cuando intentó ponerse en pie rápidamente, pero las piernas no le respondieron y cayó de bruces al suelo. Abrió la boca para gritar de rabia, pero no logró articular ningún sonido. Se tranquilizó y volvió a intentarlo. Primero se puso de rodillas y apoyó las manos en el suelo. Luego se impulsó hacia arriba progresivamente, muy despacio. Finalmente, se puso en pie. Se tambaleó y sintió un mareo horrible, pero logró mantener el equilibrio. Tosió varias veces con violencia, y después pareció calmarse un poco. Realmente se sentía muy mal…

Echó a andar en dirección a la salida. Cuando apenas había avanzado veinte metros vio algo que casi le hizo detenerse en seco y olvidar por un momento su malestar. Una mujer estaba sentada en un banco, como él mismo hasta hacía unos minutos, y sostenía un libro en el regazo. ¿Por qué estaría allí fuera? ¿Qué la habría llevado a abandonar la calidez de su hogar? Desde luego, no parecía una mendiga ni nada por el estilo, pensó Raúl mientras se acercaba. Ahora apenas les separaban tres metros, y podía verla con total claridad. Llevaba un abrigo marrón claro, a juego con su pelo. Sus ojos se hallaban fijos en las páginas del grueso libro que sostenía encima de las piernas. Parecía muy concentrada. Sin embargo, levantó la cabeza al oír sus pasos acercándose, y le observó con curiosidad. Parecía estar haciéndose las mismas preguntas que él. Finalmente le sonrió.

-Hola.

Cuando se hubo recuperado de la sorpresa inicial, Raúl se apresuró a devolverle el saludo. Le salió una voz ronca que no le gustó nada. Carraspeó y preguntó:

-¿Qué haces por aquí, con el frío qué hace?

Enseguida se dio cuenta de lo estúpido que sonaba soltarle eso a una desconocida, y se arrepintió de haberlo hecho. Sin embargo, ella no pareció molestarse.

-Eso mismo iba a preguntarte yo.

Raúl pensó que había un extraño brillo en sus ojos, que lo incomodaba e intrigaba a la vez. No se dio cuenta de que estaba mirándola fijamente hasta que ella volvió a hablar y le sobresaltó.

-Bueno, y… ¿cómo te llamas?

-¿Cómo? Ehh... Raúl, sí, me llamo Raúl. ¿Y tú eres…?

-Candela. Encantada.

No sabía muy bien qué decir. La situación le había pillado descolocado, tal vez porque no estaba acostumbrado a hablar mucho con la gente, o porque ahora que estaban tan cerca se había dado cuenta de lo guapa que era.

-Vaya, nunca lo había oído… Es un nombre curioso, ¿eh?

Ella esbozó una sonrisa a modo de respuesta. Raúl temió que volviera a sumergirse en su libro, y se apresuró a sacar un tema.

-¿Qué lees? –inquirió señalando el libro, y preguntándose en silencio por qué, dijera lo que dijese, todo le sonaba terriblemente estúpido.

-Dime quién soy, de Julia Navarro. ¿Lo conoces?

-Mmm creo que me suena algo, ¿es bueno?

-Lo acabo de empezar, pero de momento me está gustando bastante. ¿Tú lees?

-Sí, me encanta leer –respondió Raúl, aliviado por el giro que había tomado la conversación.-Cuando era más pequeño prácticamente devoraba libros; podía estar leyendo durante horas y horas. Ahora un poco menos, prefiero escribir.

-¿Y sobre qué escribes?

-Oh bueno, ya sabes, un poco de todo…

-Vaya, qué interesante –dijo Candela con tono burlón.

-Sí, ¿verdad? –contestó Raúl, que empezaba a sentirse más cómodo.

Era extraño. Normalmente rehuía la compañía. Nunca trataba con el resto de la gente si podía evitarlo. De hecho, tal vez su pequeña libreta fuera lo más parecido que tenía a un amigo. Era una persona solitaria. Y sin embargo allí estaba, hablando como si nada con una mujer a la que acababa de conocer, con la sensación de que la conocía de toda la vida. Antes de que pudiera darse cuenta se había sentado a su lado en el banco, y habían empezado a charlar animadamente. Ella le contó que solía ir allí en busca de tranquilidad, y a Raúl le sorprendió que no se hubieran visto nunca hasta ahora. Él por su parte le explicó que llevaba meses escapándose a aquel lugar y le enseñó su libreta. Candela se mostró muy impresionada por la emoción con la que escribía, y Raúl se sorprendió contándole cosas que nunca antes había confiado a nadie. Todos esos problemas que llevaba meses almacenando en su interior salieron, y sintió como si se hubiera quitado un gran peso de encima. Por primera vez en mucho tiempo se olvidó de los problemas, de las preocupaciones, incluso del frío que hacía; y, mientras bromeaba y reía con ella, sintió que todo lo demás le era ajeno. Realmente era agradable tener a alguien con quien poder hablar.


Cuando quiso darse cuenta, había oscurecido completamente. De repente se acordó de que tenía que estar en casa a las nueve y media. Echó un vistazo a su reloj y se horrorizó al comprobar que eran más de la diez. Las horas se le habían pasado volando.

-Se ha hecho muy tarde, tengo que irme –dijo poniéndose en pie. Miró a Candela-. Me lo he pasado muy bien contigo… ¿Volveremos a vernos? –Había un deje de súplica en su voz.

-Tal vez –dijo ella sonriendo. Raúl no puedo evitar estremecerse. Había algo enigmático en aquella sonrisa.

Le dirigió una última mirada a Candela y abrió la boca para decir algo más, pero se lo pensó mejor y la volvió a cerrar. A continuación dio media vuelta y echó a correr, perdiéndose entre las sombras de la noche.


La bronca que le esperaba al llegar a casa fue una de las más grandes que Raúl recordaba. Era la tercera vez que llegaba tarde en lo que llevaba de semana, y su padre era muy estricto en ese sentido. Durante casi dos horas tuvo que soportar cómo le gritaba que con esa actitud no iba a llegar a nada en la vida, que todo le daba igual y no tenía ninguna motivación. Finalmente, como veía que Raúl permanecía callado, le amenazó con dejarle todo el verano castigado sin salir si ese año no mejoraban sus notas. Raúl nunca había sido un alumno brillante, pero en el último año sus notas habían bajado considerablemente. Su padre, ajeno a los conflictos internos de su hijo, atribuía este cambio a que, simplemente, Raúl era un vago.

Sin embargo, nada de esto logró desanimarlo. Cuando su padre se hubo cansado de gritar, subió a su habitación y se tiró sobre la cama, agotado, y rememoró los mejores momentos de aquella extraña y maravillosa tarde, hasta que cayó dormido en un sueño tranquilo. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

La sirena dagli occhi verdi

Una playa desierta bañada por la tenue luz de la luna y su océano estrellado. Está tumbado en la arena, junto a ella. Contempla su cuerpo desnudo casi con adoración. Es muy bella. Ella lo mira con tal intensidad que no puede evitar un escalofrío. Otra vez le invade esa extraña sensación de pérdida que le ha estado atormentando durante toda la noche. Ella, ajena a estos pensamientos, esboza una sonrisa burlona que lo desarma y se inclina con suavidad sobre su oído. Ma dimmelo un’altra volta, marinaio mio, susurra. Dimmi che mi ami. Eso es más de lo que puede soportar. Atrae hacia sí su cabeza y la besa apasionadamente, mientras siente la calidez de las lágrimas al resbalar por sus mejillas. Ti amo, susurra con voz ronca cuando sus labios se separan para tomar aliento. Ti amo, ti amo vita mia, ti amo… solloza mientras la abraza con fuerza, sintiéndose totalmente desamparado.





Extracto sacado de Diario de un escritor solitario, libro en el que trabajo desde hace medio año y que espero poder publicar algún día.

martes, 17 de septiembre de 2013

Suspiros de vida

Todos tenemos buenos y malos recuerdos. Algunos nos producen alegría al ser recordados; otros en cambio nos producen tristeza o vergüenza, y nos gustaría olvidarlos. A menudo nos arrepentimos de haber hecho esto o aquello, de no haber tomado la decisión correcta, y nos atormentamos por ello, a veces durante mucho tiempo.Sin embargo, cuando lleguéis a cierta edad descubriréis que en realidad la vida consiste en eso: cometer errores y aprender de ellos. Si nunca nos equivocáramos, no tendríamos experiencia. Errar es humano, y rectificar de sabios. Nadie nos puede enseñar a no caer, porque eso no se puede evitar: es parte de vivir, una parte muy importante. Porque por cada vez que caigamos y nos levantemos seremos un poco más fuertes, y llegará el día en que, si bien no dejemos de equivocarnos, porque eso es algo que seguiremos haciendo hasta el día de nuestra muerte, nos levantaremos con relativa rapidez. Por tanto, equivocarse no es un error: el error sería arrepentirse de ello. Esa forma de pensar sólo la da el tiempo. 

El tiempo, repito. Es lo más valioso que tenemos, porque una vez que se acaba no podemos recuperarlo. Su paso es cruel e inexorable. Es curioso; nos pasamos media vida preocupándonos por el tiempo. Para nosotros siempre pasa a una velocidad exasperante. Vivimos estresados, ahogados en rutina y monotonía, continuamente corriendo, siempre con prisa, sin detenernos a reflexionar un solo instante en cuáles son nuestras verdaderas razones para seguir adelante. Al día siguiente nos levantamos desorientados, y cuando miramos el reloj nos damos cuenta de que el tiempo se nos ha escapado de entre las manos sin que lo hayamos notado. Cuesta mucho aceptar esto. Cuesta aceptar que esa juventud ya nunca volverá. 

Entonces echamos la vista atrás, y nos preguntamos apesadumbrados para qué ha servido tanto esfuerzo, qué hemos logrado en la vida. Casi siempre nos decepcionamos pensando que no hemos cumplido ninguna de las metas que un día nos pusimos. Eso nos lleva a formular la gran pregunta que más tarde o temprano nos acabamos haciendo y que tanto nos atormenta: ¿Cuál ha sido nuestro motivo para vivir? Rápidamente se nos ocurren multitud de posibles respuestas: para algunos su familia, para otros su trabajo, o, incluso, el amor. Antes estas simples conclusiones solemos contentarnos. 

Sin embargo, yo hace ya tiempo que atravesé esa etapa. Para mí ahora el tiempo transcurre de un modo distinto. Me siento invadido por una extraña paz. No sé cuánto me queda, pero lo que sí sé es que cuando llegue mi momento podré irme con la conciencia tranquila.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Wake me up when september ends

Un año más llega el mes de septiembre, que tan poco le gusta a la gente. Se vacían playas y piscinas, y en su lugar se llenan aulas y oficinas. El calor sofocante empieza a disminuir poco a poco, y todo el mundo regresa a su rutina diaria.

Sin embargo, para mí septiembre es un mes especial por varios motivos. Considero el verano una etapa de transición entre el final de un curso y el comienzo de otro. No comparto esa idealización vuestra por tres meses en los que paso tachando días del calendario. No os entiendo, la verdad. A mí personalmente, el verano no me dice mucho. Odio el calor, las playas y piscinas atestadas de gente. Que vale, no voy a negar que desconectar un par de semanitas del mundo y descansar me gusta como al que más. Sin embargo, pasado un mes ya me he cansado. No sé, me aburre muchísimo tener tanto tiempo libre, al final llega septiembre y estoy tan vago que me da pereza levantarme del sofá. No es que eche de menos las clases. De hecho, a mediados de octubre ya estoy hasta las narices. Soy demasiado inconformista, lo sé. Basta con que tenga algo para que quiera lo contrario. En el fondo estoy un poco loco, pero, ¿quién no lo está? 

Debo de estar dando la impresión de ser un adolescente sin amigos y amargado. Tampoco me preocupa mucho, la verdad. La opinión de los demás nunca me ha quitado el sueño. Soy como soy, y al que no le guste que no mire.

Por otro lado, en septiembre es mi cumpleaños. A finales, recién entrado el otoño, cuando las hojas empiezan a caerse de los árboles. En mi opinión el otoño es la mejor estación del año. No hace el frío del invierno ni el calor del verano, sino algo intermedio. Por norma general, y esto se puede aplicar a todo en la vida, lo mejor es el equilibrio. 

Estoy escribiendo esto a pocas horas del primer día de clase, y la verdad es que estoy un poco nervioso. ¿Qué tontería, verdad? ¿Qué tiene que ver eso con lo anterior? Poco, ciertamente, pero, qué narices, este es mi blog y puedo escribir lo que me venga en gana. En fin, es una extraña sensación que me sube desde el estómago y se extiende por todo el cuerpo. No sé muy bien lo que es, pero empiezo a tener una ligera sospecha, y estoy seguro de que dentro de poco lo averiguaré.