Apenas despegamos hace cinco minutos y creo que ya empiezo a marearme. No es la
primera vez que vuelo, claro, pero no me acabo de acostumbrar a esa extraña sensación. Tengo
los oídos completamente taponados y la cabeza me da vueltas.
Suspiro e inspiro varias veces muy despacio, intentado tranquilizarme. Supongo que
debería estar contenta, pero no estoy tan convencida ahora. Semanas atrás pensaba en este
momento totalmente segura de que sería lo correcto, pero cuando llegué a la puerta de
embarque me asaltaron de golpe todas las dudas. ¿De verdad aquello era lo que quería? Pero
bueno, ya no importa. Lo he hecho, ¿no? Estoy aquí, y no sirve de nada lamentarse. Ya no hay
vuelta atrás.
Me quedo un poco impresionada ante este pensamiento, asimilando por primera vez el
alcance de la situación. Mi cabeza es un caos absoluto. En los últimos días todo se ha
precipitado de forma muy confusa.
Me llamo Ana y tengo 19 años. Hasta hace muy poco mi vida era como la de cualquier
universitaria normal. Ahora estoy en un avión con rumbo a Italia.
Lo repito una y otra vez, hasta que deja de tener sentido. En realidad, nada lo tiene.
Una azafata se acerca con un carrito lleno de comida, pero tengo el estómago revuelto
y no entiendo nada. Sacudo la cabeza negativamente y cierro los ojos, apoyándome en el
respaldo del asiento.
Me despierta la voz del comandante indicando que estamos a punto de aterrizar.
Bostezo y me froto el cuello dolorido, mientras la cabina se queda a oscuras. A través de la
ventanilla se ve como el avión inicia lentamente el descenso, introduciéndose en un mar de
nubes pálidas, para finalmente dejarlas atrás. El cielo está despejado, y a lo lejos asoma la luna,
bañada por la luz dorada del crepúsculo.
La belleza del espectáculo es realmente impresionante, y durante unos segundos
contengo el aliento. Roma se abre ante mis ojos. Los edificios, minúsculos en un principio,
aumentan poco a poco de tamaño, y las luces de la ciudad empiezan a encenderse. Por fin he
llegado.
Media hora más tarde estoy apretujada en un autobús repleto de gente. No me gustan
los espacios reducidos, y hace demasiado calor aquí dentro. Saco el móvil de la cazadora y lo
enciendo. Nada. Siento alivio y decepción a la vez. Supongo que debo empezar a
acostumbrarme.
A mi derecha, un hombre rubio conversa animadamente con una mujer, haciendo
grandes aspavientos con las manos. Creo que habla en inglés, pero no estoy muy segura.
Nunca he sido buena en los idiomas. Enfrente, un grupo de adolescentes japoneses hace
mucho ruido, gritando y empujándose unos a otros.
Por primera vez en mucho tiempo me siento realmente sola.
El aire frío de la noche me golpea en la cara al salir de Termini. Abandono la multitud
de viajeros que atestan la estación y cruzo la calle. Las ruedas de la pequeña maleta resuenan
contra el pavimento.
Intento decidir cuál va a ser mi próximo paso. No sé por qué, nunca dedicaba mucho
tiempo a pensar en esta parte, pero ahora me doy cuenta de mi estupidez.
Un cartel azul me llama la atención. Pop Inn Hostel, está escrito con letras amarillas
sobre un pequeño portal. Sólo dudo unos segundos. Necesito un lugar donde pasar la noche, y
este parece uno tan bueno como cualquier otro.
Me acerco al mostrador de madera empotrado en la pared, detrás del cual un hombre
lee el periódico con gesto aburrido. Al oírme entrar levanta la vista y esboza una sonrisa
forzada.
—Buonasera signora. Vuole una camera?
—Eh, sí, buenas noches... —respondo, sin tener la menor idea de lo que me acaba de
decir—. Verá querría una habitación, en principio, para una sola noche.
—Spagnola? Stupendo! Tenemos muchas habitaciones libres. ¿Había pensado en algo
en concreto?
—No, no, bueno, una que sea barata.
—Ma questo è l’Italia. Aquí todo es más caro. Por 55 euros tiene una habitación con
baño y vistas excelentes a la via Marsala.
Al oír el precio me quedo helada. Me he gastado todos mis ahorros en el billete de
avión, y ahora apenas me quedan 200 euros.
— ¿55 euros? No puedo pagar eso.
—De acuerdo, le diré una cosa. Me ha caído bien y voy a hacer una excepción. Puedo
ofrecerle una noche por 30 euros, y le aseguro que no encontrará una oferta así en ningún otro
sitio.
Dudo. No puedo gastarme esa cantidad en una sola noche. Necesito comer.
— ¿Es su última palabra?
—Me temo que sí.
—Entonces lo siento mucho pero no puedo aceptar.
—Oh, es una lástima —dice el hombre, que parece ligeramente decepcionado. Es obvio
que no debe de tener muchos clientes—. Arrivederci.
Asiento educadamente y doy media vuelta, volviéndome a sumergir en la oscuridad de
la noche.
—¡Papá! —grita el niño sonriendo antes de echarse en sus brazos.
A pesar de su aspecto rudo, el hombre apenas puede contener las lágrimas mientras
abraza al pequeño con fuerza y le revuelve el cabello rubio con una mano.
—Así que al final has venido.
Mira por encima del hombro del niño directamente a los ojos de la mujer, y durante un
instante cree vislumbrar un mal disimulado gesto de sorpresa. Sólo es un instante, porque
rápidamente se rehace y su rostro vuelve a adoptar una expresión neutra.
—Bueno, ¿no pensarías qué iba a dejar que os fuerais sin ni siquiera despedirme, no?
—dice sonriendo forzadamente.
Asiente ella despacio, pensativa. Al fin y al cabo, trece años de matrimonio y un hijo en
común merecen eso al menos.
Padre e hijo se separan. De repente, el hombre siente cómo le invade una extraña
sensación de incomodidad y desvía la mirada, aparentemente muy interesado en el gran reloj
que cuelga de la pared de enfrente.
—Anda Dani, ve un momento a sentarte, que tengo que hablar con tu padre.
El niño, aún sonriendo, se aleja correteando torpemente y sube a un asiento. El
hombre lo sigue con la mirada distraídamente. Vuelve a mirar a la mujer, y no puede evitar una
punzada de culpabilidad. Recuerda su última conversación y la sensación de malestar aumenta.
La verdad es que está preciosa.
—Paula... —empieza sin saber muy bien qué decir. En las últimas semanas las cosas se
han precipitado sin que haya podido hacer nada por evitarlo. Lo cierto es que nunca pensó que
algo así pudiera suceder. ¿Qué ha sido de la pasión de la juventud, de aquellos años donde todo
parecía posible? Sus ojos ya no reflejan nada de todo aquello. Entonces, por primera vez en
mucho tiempo, siente que la mujer que tiene delante es una completa desconocida.
Ella parece darse cuenta del fuerte conflicto que se está librando en su interior y sonríe
tristemente. Un gesto que refleja perfectamente lo que ambos saben, lo que en el fondo llevan
mucho tiempo sabiendo. Ya no somos los de antes, Mario. Todo ha cambiado. Sin embargo, en
ese momento por primera vez es realmente consciente de que Paula estaba a punto de salir de
su vida, tal vez para siempre, y que va a llevarse a su hijo con ella. Este pensamiento le forma
un nudo en la boca del estómago. El miedo a la pérdida aparece por primera vez, como si hasta
ese momento hubiera pensado que Paula no va en serio, que en realidad no tiene la menor
intención de irse, y en el último momento se echará atrás, lo arreglarán y todo volverá a la normalidad. Sin embargo, llegado este punto tan cerca del final, con todas las cartas encima de
la mesa, y viendo que su intención sigue siendo completamente firme, empieza a asimilar la
cruda realidad.
—Por favor, no puedes irte... Piensa en nuestro hijo, piensa en Dani. Él me necesita,
necesita un padre…
—No me puedo creer que metas a Dani en todo esto. ¿Cómo tienes la poca vergüenza
de venir ahora y decir…? Por Dios, mírate. Eres un desconocido para él, Mario. Nunca estás en
casa cuando te necesita… cuando te necesitamos…
El hombre es presa de la más absoluta desesperación.
—Pero escucha, cariño…
—Ya es demasiado tarde para eso, Mario —de repente parece haber envejecido
muchos años, y su voz suena distante, cansada—. Estoy harta de tus falsas promesas, no puedo
seguir engañándome. Nada va a cambiar y tú lo sabes. Te quiero, pero yo también tengo
derecho a ser feliz. Tu hijo tiene derecho a ser feliz.
La mira fijamente, buscando en sus ojos el más mínimo resquicio de duda, algo que
traicione a frías sus palabras, pero no lo encuentra. Entonces comprende muchas cosas: que ya
ha tomado esa decisión y que nada ni nadie le hará cambiar de idea. También sabe que si coge
ese avión nunca más volverá a verles. Sin embargo, esta reflexión, en vez de alterarle más, en
cierto modo le tranquiliza. Se acabó. Así que esto es todo. Éste es el final. Tantos años para
acabar así.
Ya no dice nada más. Ni siquiera intenta detenerla. Simplemente se queda allí de pie
como un idiota, paralizado,
—Última llamada para los pasajeros del vuelo con destino a Nueva York, embarquen
por la puerta seis por favor.
—Supongo que es un adiós. Te deseo lo mejor, Mario —agarra la pequeña maleta y
suspira—. Si te sirve de consuelo, lo lamento.
Dicho esto da media vuelta, coge al niño que aguarda sentado entre sus brazos y se
pierde entre la multitud de gente que se agolpa frente a la puerta de embarque. Todo sucede
muy rápido. Mario no se mueve. Apenas ha escuchado sus últimas palabras. La voz del
megáfono aún sigue resonando en sus oídos.
—Pare aquí.
El conductor frena en seco, haciendo caso omiso de los chirridos de protesta que
emiten las ruedas. Le alargo un billete de diez euros y bajo del taxi.
Esta zona de la ciudad está en completo silencio, sólo brevemente interrumpido por el
rugido del motor, que poco a poco se pierde a lo lejos y vuelve a dejar la noche en calma.
Suspiro y me siento sobre la maleta. Las cosas no están saliendo como lo había
planeado. No sé dónde estoy, y hace demasiado frío para pasar la noche deambulando por las
calles. Siempre pensé que lo más difícil sería llegar hasta aquí. Ahora me doy cuenta de mi
error.
Por otro lado, empiezo a arrepentirme de no haber cogido esa habitación. Al fin y al cabo el taxi me ha costado más de lo que esperaba, y empiezo a dudar que venir hasta aquí haya sido una buena idea.
Levanto la vista. Me ha parecido ver algo moviéndose entre las sombras de la esquina.
Ya sólo falta que me atraquen. Me pongo en pie rápidamente y agarro la maleta con la vista
clavada en la esquina, dispuesta a salir corriendo a la primera señal de peligro. Pasa un minuto.
Nada. Tal vez me lo haya imaginado.
De todas formas, prefiero asegurarme. Me giro para alejarme de allí lo más deprisa
posible y prácticamente choco con una figura que me cierra el paso.
— ¿Pero qué…?
Apenas tengo tiempo de reaccionar. El hombre me empuja y, cogida por la sorpresa,
caigo al suelo pesadamente. Dejo escapar una maldición e intento levantarme, pero una
segunda figura aparece a mi espalda y me inmoviliza contra el pavimento.
El primer hombre farfulla algo en italiano y empieza a forzar la cerradura de la maleta,
mientras el que me sujeta rebusca en los bolsillos de mi chaqueta. Echo la cabeza hacia atrás
intentando golpearle en la nariz, pero fallo y me da un puñetazo en el estómago, dejándome
momentáneamente sin respiración.
Finalmente encuentra lo que busca y se incorpora. Da un grito a su compañero y
ambos huyen calle abajo. No intento perseguirlos. Ni siquiera me pongo en pie. Me limito a
quedarme tirada en el suelo, derrotada.
