sábado, 21 de septiembre de 2013

La sirena dagli occhi verdi

Una playa desierta bañada por la tenue luz de la luna y su océano estrellado. Está tumbado en la arena, junto a ella. Contempla su cuerpo desnudo casi con adoración. Es muy bella. Ella lo mira con tal intensidad que no puede evitar un escalofrío. Otra vez le invade esa extraña sensación de pérdida que le ha estado atormentando durante toda la noche. Ella, ajena a estos pensamientos, esboza una sonrisa burlona que lo desarma y se inclina con suavidad sobre su oído. Ma dimmelo un’altra volta, marinaio mio, susurra. Dimmi che mi ami. Eso es más de lo que puede soportar. Atrae hacia sí su cabeza y la besa apasionadamente, mientras siente la calidez de las lágrimas al resbalar por sus mejillas. Ti amo, susurra con voz ronca cuando sus labios se separan para tomar aliento. Ti amo, ti amo vita mia, ti amo… solloza mientras la abraza con fuerza, sintiéndose totalmente desamparado.





Extracto sacado de Diario de un escritor solitario, libro en el que trabajo desde hace medio año y que espero poder publicar algún día.

martes, 17 de septiembre de 2013

Suspiros de vida

Todos tenemos buenos y malos recuerdos. Algunos nos producen alegría al ser recordados; otros en cambio nos producen tristeza o vergüenza, y nos gustaría olvidarlos. A menudo nos arrepentimos de haber hecho esto o aquello, de no haber tomado la decisión correcta, y nos atormentamos por ello, a veces durante mucho tiempo.Sin embargo, cuando lleguéis a cierta edad descubriréis que en realidad la vida consiste en eso: cometer errores y aprender de ellos. Si nunca nos equivocáramos, no tendríamos experiencia. Errar es humano, y rectificar de sabios. Nadie nos puede enseñar a no caer, porque eso no se puede evitar: es parte de vivir, una parte muy importante. Porque por cada vez que caigamos y nos levantemos seremos un poco más fuertes, y llegará el día en que, si bien no dejemos de equivocarnos, porque eso es algo que seguiremos haciendo hasta el día de nuestra muerte, nos levantaremos con relativa rapidez. Por tanto, equivocarse no es un error: el error sería arrepentirse de ello. Esa forma de pensar sólo la da el tiempo. 

El tiempo, repito. Es lo más valioso que tenemos, porque una vez que se acaba no podemos recuperarlo. Su paso es cruel e inexorable. Es curioso; nos pasamos media vida preocupándonos por el tiempo. Para nosotros siempre pasa a una velocidad exasperante. Vivimos estresados, ahogados en rutina y monotonía, continuamente corriendo, siempre con prisa, sin detenernos a reflexionar un solo instante en cuáles son nuestras verdaderas razones para seguir adelante. Al día siguiente nos levantamos desorientados, y cuando miramos el reloj nos damos cuenta de que el tiempo se nos ha escapado de entre las manos sin que lo hayamos notado. Cuesta mucho aceptar esto. Cuesta aceptar que esa juventud ya nunca volverá. 

Entonces echamos la vista atrás, y nos preguntamos apesadumbrados para qué ha servido tanto esfuerzo, qué hemos logrado en la vida. Casi siempre nos decepcionamos pensando que no hemos cumplido ninguna de las metas que un día nos pusimos. Eso nos lleva a formular la gran pregunta que más tarde o temprano nos acabamos haciendo y que tanto nos atormenta: ¿Cuál ha sido nuestro motivo para vivir? Rápidamente se nos ocurren multitud de posibles respuestas: para algunos su familia, para otros su trabajo, o, incluso, el amor. Antes estas simples conclusiones solemos contentarnos. 

Sin embargo, yo hace ya tiempo que atravesé esa etapa. Para mí ahora el tiempo transcurre de un modo distinto. Me siento invadido por una extraña paz. No sé cuánto me queda, pero lo que sí sé es que cuando llegue mi momento podré irme con la conciencia tranquila.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Wake me up when september ends

Un año más llega el mes de septiembre, que tan poco le gusta a la gente. Se vacían playas y piscinas, y en su lugar se llenan aulas y oficinas. El calor sofocante empieza a disminuir poco a poco, y todo el mundo regresa a su rutina diaria.

Sin embargo, para mí septiembre es un mes especial por varios motivos. Considero el verano una etapa de transición entre el final de un curso y el comienzo de otro. No comparto esa idealización vuestra por tres meses en los que paso tachando días del calendario. No os entiendo, la verdad. A mí personalmente, el verano no me dice mucho. Odio el calor, las playas y piscinas atestadas de gente. Que vale, no voy a negar que desconectar un par de semanitas del mundo y descansar me gusta como al que más. Sin embargo, pasado un mes ya me he cansado. No sé, me aburre muchísimo tener tanto tiempo libre, al final llega septiembre y estoy tan vago que me da pereza levantarme del sofá. No es que eche de menos las clases. De hecho, a mediados de octubre ya estoy hasta las narices. Soy demasiado inconformista, lo sé. Basta con que tenga algo para que quiera lo contrario. En el fondo estoy un poco loco, pero, ¿quién no lo está? 

Debo de estar dando la impresión de ser un adolescente sin amigos y amargado. Tampoco me preocupa mucho, la verdad. La opinión de los demás nunca me ha quitado el sueño. Soy como soy, y al que no le guste que no mire.

Por otro lado, en septiembre es mi cumpleaños. A finales, recién entrado el otoño, cuando las hojas empiezan a caerse de los árboles. En mi opinión el otoño es la mejor estación del año. No hace el frío del invierno ni el calor del verano, sino algo intermedio. Por norma general, y esto se puede aplicar a todo en la vida, lo mejor es el equilibrio. 

Estoy escribiendo esto a pocas horas del primer día de clase, y la verdad es que estoy un poco nervioso. ¿Qué tontería, verdad? ¿Qué tiene que ver eso con lo anterior? Poco, ciertamente, pero, qué narices, este es mi blog y puedo escribir lo que me venga en gana. En fin, es una extraña sensación que me sube desde el estómago y se extiende por todo el cuerpo. No sé muy bien lo que es, pero empiezo a tener una ligera sospecha, y estoy seguro de que dentro de poco lo averiguaré.

Puntos de vista

Me considero una persona bastante maniática. En esta vida hay muchas cosas que no me gustan. Sin embargo, no hay nada que me reviente más que esa gente que cree tener siempre razón. El mejor ejemplo de ello son los programas de debate, ya sea político, deportivo o de cualquier otro tipo. No importa, todos tienen en común la misma idea. Un puñado de "iluminados" que discuten entre ellos en nombre del resto de la población, intentando convencer a los demás de que ellos llevan la razón y son los otros quienes se equivocan, negando a veces lo evidente hasta el punto del patetismo. Pongamos un debate político. Para los de derechas, todo lo que hace su gobierno les parece estupendo. Ellos han recibido un país en crisis, y no dudan en mostrar todo tipo de datos y estadísticas de dudosa índole para avalar sus progresos. Pero cuando les preguntan por ese programa del que se han incumplido hasta los finales de cita o la corrupción que sacude su partido, se limitan a responder con evasivas y tachar a los demás de calumniadores. Por el otro lado, los de izquierdas arremeten contra el otro bando con ataques suicidas, porque entre que en asuntos de corrupción ellos tampoco se quedan atrás (por aquello de que el dinero no entiende de colores) y con la fuerte crisis política que desestabiliza su partido, no están para pedir dimisiones. ¿Qué ustedes saben lo que hay que hacer? ¿Y por qué no lo hicieron en su momento, cuando aún gobernaban? Y luego está el señor Mas, lo de Cataluña ya sí que es de risa. Déjese de falsear la historia y contaminar las cabezas de los jóvenes para sus fines independentistas, muy respetables por supuesto, y céntrese en gobernar. Lo que no se puede permitir es que el señor Trias diga que sólo Barcelona podía competir por los Juegos Olímpicos con Tokio y Estambul poco después de la derrota (de Madrid. Dejen de alimentar estúpidos nacionalismos y traten de no seguir arruinando a su comunidad.

No quería, pero al final me he calentado y he acabado entrando en la política. No voy a seguir hablando de este tema, porque me parece que con lo dicho antes queda muy clara mi opinión al respecto, y porque no es eso de lo que quería hablar. Sólo voy a darles un último consejo, si me permiten. Nadie está en poder de la razón absoluta, sencillamente porque ésta no existe: no es más que un ideal utópico. Nada es blanco o negro. Así que, cuando alguien no esté de acuerdo con ustedes, antes de enrocarse en su idea, escuchen lo que dice, y contémplenlo desde un punto de vista distinto. Quién sabe, puede que sean ustedes los que están equivocados.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El principio del fin

Recuerdo aquel día como si fuera ayer. Era una fría mañana de enero, gris y lluviosa. Llevaba tanto tiempo planeando aquello que no me podía creer que por fin había llegado el momento. Iba totalmente decidido a hacerlo, pero al verte de repente me costó mucho armarme del valor suficiente para acercarme siquiera. Supongo que en el fondo soy una persona muy tímida. Entonces recordé el momento en que te vi por primera vez, cuatro años atrás, cuando aún no sabía tu nombre. En ese momento no sospechaba (pobre de mí), y nunca hubiera imaginado en lo que iba a convertirse aquella chica rubia de ojos azules que un fatal día me sonrió al pasar. Aunque, irónicamente, en realidad nunca fuiste nada. Un fantasma. Entonces me di cuenta de que necesitaba hacerlo, necesitaba decirte todas esas cosas que nunca te había dicho, aunque sólo fuese para intentar acallar mi conciencia. Movido por este pensamiento tan egoísta me acerqué a ti y te pedí un momento para hablar a solas. Te sorprendiste mucho, cómo no. Normal, después de tanto tiempo sin cruzar una sola palabra… Sin embargo, al final te pudo la curiosidad y accediste. Te miré a los ojos, dispuesto a empezar, pero se me trabó la lengua y me olvidé de todo lo que había planeado decir. ¿Qué estoy haciendo?, pensé. Mírala a ella y mírate a ti. ¿En serio aún guardas alguna esperanza? ¿Después de todo? Me sorprendió darme cuenta de que la respuesta era afirmativa, de que cuatro años después aún seguía completamente loco por aquella chica. Aunque eso ya no importaba. De hecho, hacía ya mucho tiempo que había dejado de sufrir por ti. ¿Entonces, qué ganaba yo con todo aquello? Maldita sea, ¿es que acaso no podía dejar de pensar en mí ni por un momento? Porque es lo correcto. Supongo que así era. Te merecías eso, al menos. Tragué saliva y volví a mirarte a los ojos. Entonces, bajo aquel cielo encapotado de mediados de enero, te abrí mi corazón.

Cuando me pongo a meditar sobre ello en frío no recuerdo apenas nada de lo que dije, sólo guardo vagas ideas. Pero hay algo que se grabó a sangre y fuego en mi memoria y que nunca olvidaré. Ese instante de angustiosa espera, cuando hube terminado y me miraste con una extraña mezcla de sorpresa e incredulidad que me desconcertó. Hasta ese momento me habías escuchado atentamente, y ahora parecía que empezabas a asimilar el alcance de mis palabras. Me quedé expectante, esperando a que dijeras algo más, pero tu silencio fue la peor de las respuestas. Desolado comprendí que siempre habías creído que todo había sido un engaño, y que incluso en ese momento no llegabas a entenderlo. Por extraño que parezca, en ese momento no sentí nada. Sólo sentía haber vuelto a hacer el ridículo por ti. Aunque, si te soy sincero, no me arrepiento de ello, y creo que volvería a hacerlo. Asentí resignado, esbocé una estúpida sonrisa y me fui.

Hace ya ocho meses de eso. Es increíble lo rápido que pasa el tiempo. No hemos vuelto a hablar desde entonces, y lo más probable es que nunca lo volvamos a hacer. Incluso puede que no vuelva a verte. Nunca habrá un nosotros. No me importa. Sólo quiero que, hagas lo que hagas, seas feliz. Ése es mi único deseo. Sin embargo, que sepas que siempre serás dueña de este maltrecho corazón que un día cogiste sin pedir permiso. En fin, ya no me queda nada más que decir. Sólo espero que algún día leas esto y puedas entender todo lo que fuiste, eres y siempre serás para mí. Aunque yo para ti no sea nada.