domingo, 15 de septiembre de 2013

El principio del fin

Recuerdo aquel día como si fuera ayer. Era una fría mañana de enero, gris y lluviosa. Llevaba tanto tiempo planeando aquello que no me podía creer que por fin había llegado el momento. Iba totalmente decidido a hacerlo, pero al verte de repente me costó mucho armarme del valor suficiente para acercarme siquiera. Supongo que en el fondo soy una persona muy tímida. Entonces recordé el momento en que te vi por primera vez, cuatro años atrás, cuando aún no sabía tu nombre. En ese momento no sospechaba (pobre de mí), y nunca hubiera imaginado en lo que iba a convertirse aquella chica rubia de ojos azules que un fatal día me sonrió al pasar. Aunque, irónicamente, en realidad nunca fuiste nada. Un fantasma. Entonces me di cuenta de que necesitaba hacerlo, necesitaba decirte todas esas cosas que nunca te había dicho, aunque sólo fuese para intentar acallar mi conciencia. Movido por este pensamiento tan egoísta me acerqué a ti y te pedí un momento para hablar a solas. Te sorprendiste mucho, cómo no. Normal, después de tanto tiempo sin cruzar una sola palabra… Sin embargo, al final te pudo la curiosidad y accediste. Te miré a los ojos, dispuesto a empezar, pero se me trabó la lengua y me olvidé de todo lo que había planeado decir. ¿Qué estoy haciendo?, pensé. Mírala a ella y mírate a ti. ¿En serio aún guardas alguna esperanza? ¿Después de todo? Me sorprendió darme cuenta de que la respuesta era afirmativa, de que cuatro años después aún seguía completamente loco por aquella chica. Aunque eso ya no importaba. De hecho, hacía ya mucho tiempo que había dejado de sufrir por ti. ¿Entonces, qué ganaba yo con todo aquello? Maldita sea, ¿es que acaso no podía dejar de pensar en mí ni por un momento? Porque es lo correcto. Supongo que así era. Te merecías eso, al menos. Tragué saliva y volví a mirarte a los ojos. Entonces, bajo aquel cielo encapotado de mediados de enero, te abrí mi corazón.

Cuando me pongo a meditar sobre ello en frío no recuerdo apenas nada de lo que dije, sólo guardo vagas ideas. Pero hay algo que se grabó a sangre y fuego en mi memoria y que nunca olvidaré. Ese instante de angustiosa espera, cuando hube terminado y me miraste con una extraña mezcla de sorpresa e incredulidad que me desconcertó. Hasta ese momento me habías escuchado atentamente, y ahora parecía que empezabas a asimilar el alcance de mis palabras. Me quedé expectante, esperando a que dijeras algo más, pero tu silencio fue la peor de las respuestas. Desolado comprendí que siempre habías creído que todo había sido un engaño, y que incluso en ese momento no llegabas a entenderlo. Por extraño que parezca, en ese momento no sentí nada. Sólo sentía haber vuelto a hacer el ridículo por ti. Aunque, si te soy sincero, no me arrepiento de ello, y creo que volvería a hacerlo. Asentí resignado, esbocé una estúpida sonrisa y me fui.

Hace ya ocho meses de eso. Es increíble lo rápido que pasa el tiempo. No hemos vuelto a hablar desde entonces, y lo más probable es que nunca lo volvamos a hacer. Incluso puede que no vuelva a verte. Nunca habrá un nosotros. No me importa. Sólo quiero que, hagas lo que hagas, seas feliz. Ése es mi único deseo. Sin embargo, que sepas que siempre serás dueña de este maltrecho corazón que un día cogiste sin pedir permiso. En fin, ya no me queda nada más que decir. Sólo espero que algún día leas esto y puedas entender todo lo que fuiste, eres y siempre serás para mí. Aunque yo para ti no sea nada.      

No hay comentarios:

Publicar un comentario