sábado, 1 de febrero de 2014

Capítulo 1

Hace mucho tiempo que no escribo en este blog. Lo cierto es que, tras la ilusión inicial, había pensado abandonarlo. Sin embargo, lo he estado pensando y finalmente he decidido retomarlo. Poco a poco iré publicando algunas cosas. Esto lo empecé a escribir a finales de verano.

----------------------------------------------------------------------------------------------

Los primeros vestigios del invierno se presentaron en forma de ráfagas de viento que azotaban como látigos las copas de los árboles cercanos. Raúl se subió la cremallera de su desgastada cazadora hasta la barbilla y se apresuró a meter las manos en los bolsillos mientras maldecía entre dientes.

El cielo gris nuboso reflejaba a la perfección su estado de ánimo, y aquello le hizo sentirse tristemente reconfortado. Caminaba lentamente, recorriendo el camino de gravilla que crujía bajo sus pies. Lo hacía de forma casi inconsciente, con la familiaridad y costumbre de un autómata que memoriza la cantidad de pasos necesaria y los ejecuta sin pensar. Lo cierto era que bien podría haberlo hecho con los ojos cerrados. En los últimos meses había pasado más tiempo allí que en ningún otro sitio. Conocía aquel lugar a la perfección, con una exactitud casi calculadora.

Llegó a la explanada del lago y contempló el paisaje. En otra época del año, aquella zona habría estado llena de gente paseando, tomando algo en las terracitas o navegando por el lago en pequeñas barcas de madera. Sin embargo, con el frío que hacía pocos eran los que se atrevían a salir de casa. Se alegró de ello. Cuando iba allí normalmente le apetecía estar solo.

Enseguida visualizó su objetivo: un viejo banco un poco apartado, situado unos cuantos metros a la derecha, al lado de un gran pino. Se acercó con el mismo extraño alivio de siempre y se dejó caer sobre él. Desde que iba a aquel lugar temía que un día el ayuntamiento decidiera quitar aquel banco y sustituirlo por uno nuevo. Si eso pasaba se sentiría terriblemente apenado. Le habría dado un poco de vergüenza admitirlo, pero aquel banco era especial para él. Allí se escapa cuando quería aislarse del mundo, y se desahogaba escribiendo en una pequeña libreta que llevaba consigo a todas partes.

Sin embargo, aquel día no había ido allí a escribir. Sacó de la cazadora un teléfono móvil y desenrolló con cuidado y algo de torpeza los auriculares. Se los puso en los oídos, entumecidos a causa del frío, y seleccionó la reproducción aleatoria. Inmediatamente el silbido del viento fue sustituido por una lenta melodía. Apoyó la cabeza en el respaldo del banco y cerró los ojos…


Cuando despertó no supo a ciencia exacta cuánto tiempo había pasado, pero el cielo estaba más oscuro y hacía mucho más frío. Le dolía el cuello y tenía el cuerpo tan congelado que no lo sentía. Tiritaba de frío cuando intentó ponerse en pie rápidamente, pero las piernas no le respondieron y cayó de bruces al suelo. Abrió la boca para gritar de rabia, pero no logró articular ningún sonido. Se tranquilizó y volvió a intentarlo. Primero se puso de rodillas y apoyó las manos en el suelo. Luego se impulsó hacia arriba progresivamente, muy despacio. Finalmente, se puso en pie. Se tambaleó y sintió un mareo horrible, pero logró mantener el equilibrio. Tosió varias veces con violencia, y después pareció calmarse un poco. Realmente se sentía muy mal…

Echó a andar en dirección a la salida. Cuando apenas había avanzado veinte metros vio algo que casi le hizo detenerse en seco y olvidar por un momento su malestar. Una mujer estaba sentada en un banco, como él mismo hasta hacía unos minutos, y sostenía un libro en el regazo. ¿Por qué estaría allí fuera? ¿Qué la habría llevado a abandonar la calidez de su hogar? Desde luego, no parecía una mendiga ni nada por el estilo, pensó Raúl mientras se acercaba. Ahora apenas les separaban tres metros, y podía verla con total claridad. Llevaba un abrigo marrón claro, a juego con su pelo. Sus ojos se hallaban fijos en las páginas del grueso libro que sostenía encima de las piernas. Parecía muy concentrada. Sin embargo, levantó la cabeza al oír sus pasos acercándose, y le observó con curiosidad. Parecía estar haciéndose las mismas preguntas que él. Finalmente le sonrió.

-Hola.

Cuando se hubo recuperado de la sorpresa inicial, Raúl se apresuró a devolverle el saludo. Le salió una voz ronca que no le gustó nada. Carraspeó y preguntó:

-¿Qué haces por aquí, con el frío qué hace?

Enseguida se dio cuenta de lo estúpido que sonaba soltarle eso a una desconocida, y se arrepintió de haberlo hecho. Sin embargo, ella no pareció molestarse.

-Eso mismo iba a preguntarte yo.

Raúl pensó que había un extraño brillo en sus ojos, que lo incomodaba e intrigaba a la vez. No se dio cuenta de que estaba mirándola fijamente hasta que ella volvió a hablar y le sobresaltó.

-Bueno, y… ¿cómo te llamas?

-¿Cómo? Ehh... Raúl, sí, me llamo Raúl. ¿Y tú eres…?

-Candela. Encantada.

No sabía muy bien qué decir. La situación le había pillado descolocado, tal vez porque no estaba acostumbrado a hablar mucho con la gente, o porque ahora que estaban tan cerca se había dado cuenta de lo guapa que era.

-Vaya, nunca lo había oído… Es un nombre curioso, ¿eh?

Ella esbozó una sonrisa a modo de respuesta. Raúl temió que volviera a sumergirse en su libro, y se apresuró a sacar un tema.

-¿Qué lees? –inquirió señalando el libro, y preguntándose en silencio por qué, dijera lo que dijese, todo le sonaba terriblemente estúpido.

-Dime quién soy, de Julia Navarro. ¿Lo conoces?

-Mmm creo que me suena algo, ¿es bueno?

-Lo acabo de empezar, pero de momento me está gustando bastante. ¿Tú lees?

-Sí, me encanta leer –respondió Raúl, aliviado por el giro que había tomado la conversación.-Cuando era más pequeño prácticamente devoraba libros; podía estar leyendo durante horas y horas. Ahora un poco menos, prefiero escribir.

-¿Y sobre qué escribes?

-Oh bueno, ya sabes, un poco de todo…

-Vaya, qué interesante –dijo Candela con tono burlón.

-Sí, ¿verdad? –contestó Raúl, que empezaba a sentirse más cómodo.

Era extraño. Normalmente rehuía la compañía. Nunca trataba con el resto de la gente si podía evitarlo. De hecho, tal vez su pequeña libreta fuera lo más parecido que tenía a un amigo. Era una persona solitaria. Y sin embargo allí estaba, hablando como si nada con una mujer a la que acababa de conocer, con la sensación de que la conocía de toda la vida. Antes de que pudiera darse cuenta se había sentado a su lado en el banco, y habían empezado a charlar animadamente. Ella le contó que solía ir allí en busca de tranquilidad, y a Raúl le sorprendió que no se hubieran visto nunca hasta ahora. Él por su parte le explicó que llevaba meses escapándose a aquel lugar y le enseñó su libreta. Candela se mostró muy impresionada por la emoción con la que escribía, y Raúl se sorprendió contándole cosas que nunca antes había confiado a nadie. Todos esos problemas que llevaba meses almacenando en su interior salieron, y sintió como si se hubiera quitado un gran peso de encima. Por primera vez en mucho tiempo se olvidó de los problemas, de las preocupaciones, incluso del frío que hacía; y, mientras bromeaba y reía con ella, sintió que todo lo demás le era ajeno. Realmente era agradable tener a alguien con quien poder hablar.


Cuando quiso darse cuenta, había oscurecido completamente. De repente se acordó de que tenía que estar en casa a las nueve y media. Echó un vistazo a su reloj y se horrorizó al comprobar que eran más de la diez. Las horas se le habían pasado volando.

-Se ha hecho muy tarde, tengo que irme –dijo poniéndose en pie. Miró a Candela-. Me lo he pasado muy bien contigo… ¿Volveremos a vernos? –Había un deje de súplica en su voz.

-Tal vez –dijo ella sonriendo. Raúl no puedo evitar estremecerse. Había algo enigmático en aquella sonrisa.

Le dirigió una última mirada a Candela y abrió la boca para decir algo más, pero se lo pensó mejor y la volvió a cerrar. A continuación dio media vuelta y echó a correr, perdiéndose entre las sombras de la noche.


La bronca que le esperaba al llegar a casa fue una de las más grandes que Raúl recordaba. Era la tercera vez que llegaba tarde en lo que llevaba de semana, y su padre era muy estricto en ese sentido. Durante casi dos horas tuvo que soportar cómo le gritaba que con esa actitud no iba a llegar a nada en la vida, que todo le daba igual y no tenía ninguna motivación. Finalmente, como veía que Raúl permanecía callado, le amenazó con dejarle todo el verano castigado sin salir si ese año no mejoraban sus notas. Raúl nunca había sido un alumno brillante, pero en el último año sus notas habían bajado considerablemente. Su padre, ajeno a los conflictos internos de su hijo, atribuía este cambio a que, simplemente, Raúl era un vago.

Sin embargo, nada de esto logró desanimarlo. Cuando su padre se hubo cansado de gritar, subió a su habitación y se tiró sobre la cama, agotado, y rememoró los mejores momentos de aquella extraña y maravillosa tarde, hasta que cayó dormido en un sueño tranquilo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario