lunes, 15 de septiembre de 2014

Combate al amanecer

Puf, hace mil años que no entraba aquí. Y eso que prometí volver a publicar, pero ya veis. Últimamente prefiero guardarme las cosas para mí. Pero hoy he escrito una cosa y no sé; me ha dado por abrir otra entrada. Así que nada, allá va.

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Los primeros rayos del alba asoman tras las montañas que se perfilan en el horizonte. Huellas en la arena. Una cala apartada.

El viejo capitán observa a su oponente, sopesándolo. Sonríe. Demasiado confiado. Joven, arrogante. Seguro de sí mismo. Siente lástima por él. Muy pronto se dará cuenta de su error.

Desenfunda su espada con un gesto pausado, casi perezoso. El otro hace lo propio, y lentamente empiezan a avanzar, acortando la distancia que les separa. Cuando apenas se encuentran a un par de metros el capitán cierra los ojos. Durante un instante siente la tentación de permanecer así a la espera de una estocada que ponga fin a su sufrimiento. Entonces la recuerda. Y la tentación crece. Pero en el fondo sabe que no puede hacerlo. Siempre ha sido un cobarde.

Abre los ojos en el preciso momento en que su rival se abalanza sobre él. Un rápido movimiento hace que el acero que iba dirigido a su pecho se quede corto y acuchille el aire. El otro queda con la guardia descubierta momentáneamente, sorprendido ante los reflejos del viejo, y éste aprovecha esa indecisión para lanzar una estocada cruzada. La sangre empieza a brotar abundantemente de su brazo derecho. Suelta un grito de rabia al ver su camisa manchada y acomete con una serie de movimientos que obligan al capitán a retroceder.

Los aceros chocan con violencia y eclipsan el sonido de las olas. Se mueve con agilidad, intentado frenar el ímpetu de su rival, a la espera del momento para pasar al ataque. Esa estocada debería haberle inutilizado el brazo, pero el otro no muestra el menor signo de debilidad.

Bloquea como puede los golpes de su oponente, y lanza un par de estocadas laterales que le conceden unos instantes de descanso. Intenta idear una estrategia, pues sabe el tiempo juega en su contra, pero enseguida se reanuda la lucha, y decide limitarse a esperar.

El combate entra en su clímax. Ahora ambos contendientes se baten poniendo su alma en cada golpe. Si alguien apareciera en la playa creería ver a dos demonios enloquecidos luchando por su salvación eterna.

La espada empieza a pesarle demasiado. No logra encontrar una fisura en la defensa de su rival. El combate se está alargando más de lo debido, y sabe que está a punto de quedarse sin fuerzas.

Entonces lo ve. No está seguro, pero se siente acorralado. Hace acoplo de sus últimas fuerzas y golpea la hoja de su oponente intentando desarmarle. Sin detenerse a comprobar el efecto conseguido, estira el brazo apuntando al pecho descubierto. Pero la punta no llega a clavarse.

Una extraña sensación le recorre el cuerpo. Baja la vista, sorprendido, y ve como el acero sale limpiamente de su carne. Siente cómo lentamente empieza a vaciarse. Suelta su espada y se lleva las manos a la tripa, en un inútil intento de contener la hemorragia.


El rostro de su rival dibuja una sonrisa de triunfo. No arrogante, esta vez. Se diría que casi de respeto. El capitán entonces comprende que tal vez no debería haber subestimado con tanta ligereza a aquel muchacho, en el que, ahora lo sabe, se ve a sí mismo reflejado. Y, mientras cae de rodillas sobre la orilla, no siente odio o tristeza. Sólo la amarga satisfacción de que, al fin, se haya cumplido su deseo.

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