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Los primeros rayos del alba asoman tras las montañas que se
perfilan en el horizonte. Huellas en la arena. Una cala apartada.
El viejo capitán observa a su oponente, sopesándolo. Sonríe. Demasiado
confiado. Joven, arrogante. Seguro de sí mismo. Siente lástima por él. Muy
pronto se dará cuenta de su error.
Desenfunda su espada con un gesto pausado, casi perezoso. El otro
hace lo propio, y lentamente empiezan a avanzar, acortando la distancia que les
separa. Cuando apenas se encuentran a un par de metros el capitán cierra los
ojos. Durante un instante siente la tentación de permanecer así a la espera de
una estocada que ponga fin a su sufrimiento. Entonces la recuerda. Y la
tentación crece. Pero en el fondo sabe que no puede hacerlo. Siempre ha sido un
cobarde.
Abre los ojos en el preciso momento en que su rival se abalanza
sobre él. Un rápido movimiento hace que el acero que iba dirigido a su pecho se
quede corto y acuchille el aire. El otro queda con la guardia descubierta
momentáneamente, sorprendido ante los reflejos del viejo, y éste aprovecha esa
indecisión para lanzar una estocada cruzada. La sangre empieza a brotar
abundantemente de su brazo derecho. Suelta un grito de rabia al ver su camisa
manchada y acomete con una serie de movimientos que obligan al capitán a
retroceder.
Los aceros chocan con violencia y eclipsan el sonido de las olas.
Se mueve con agilidad, intentado frenar el ímpetu de su rival, a la espera del
momento para pasar al ataque. Esa estocada debería haberle inutilizado el brazo,
pero el otro no muestra el menor signo de debilidad.
Bloquea como puede los golpes de su oponente, y lanza un par de
estocadas laterales que le conceden unos instantes de descanso. Intenta idear
una estrategia, pues sabe el tiempo juega en su contra, pero enseguida se
reanuda la lucha, y decide limitarse a esperar.
El combate entra en su clímax. Ahora ambos contendientes se baten
poniendo su alma en cada golpe. Si alguien apareciera en la playa creería ver a
dos demonios enloquecidos luchando por su salvación eterna.
La espada empieza a pesarle demasiado. No logra encontrar una
fisura en la defensa de su rival. El combate se está alargando más de lo
debido, y sabe que está a punto de quedarse sin fuerzas.
Entonces lo ve. No está seguro, pero se siente acorralado. Hace
acoplo de sus últimas fuerzas y golpea la hoja de su oponente intentando
desarmarle. Sin detenerse a comprobar el efecto conseguido, estira el brazo
apuntando al pecho descubierto. Pero la punta no llega a clavarse.
Una extraña sensación le recorre el cuerpo. Baja la vista,
sorprendido, y ve como el acero sale limpiamente de su carne. Siente cómo
lentamente empieza a vaciarse. Suelta su espada y se lleva las manos a la
tripa, en un inútil intento de contener la hemorragia.
El rostro de su rival dibuja una sonrisa de triunfo. No arrogante,
esta vez. Se diría que casi de respeto. El capitán entonces comprende que tal
vez no debería haber subestimado con tanta ligereza a aquel muchacho, en el
que, ahora lo sabe, se ve a sí mismo reflejado. Y, mientras cae de rodillas
sobre la orilla, no siente odio o tristeza. Sólo la amarga satisfacción de que,
al fin, se haya cumplido su deseo.
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